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09.09.10 - 10.10.10

Dejar que actúe la casualidad

La serie más reciente de Alfred Lichter (93) se compone de unos 20 cuadros que en su mayoría se mostrarán en la presente exposición. El artista la llama “Cartas a Godot“. Godot, como sinónimo de Dios, y las “Cartas“ comprendidas como aproximaciones a lo divino. Estos cuadros se realizan mediante vertidos de pintura que de esta forma se va esparciendo sola sobre el lienzo. Después de echarle agua, la pintura cubre las superficies según su consistencia, en ocasiones más transparente, en otras, más pastosa. Lichter permite que la casualidad tome su rumbo concediéndole un papel decisivo en el proceso de creación. De esta forma convierte la casualidad en una “instancia independiente” de la influencia humana. Se permite introducir unos retoques insignificantes, aunque solo cuando los contrastes le parecen demasiado fuertes y desearía una distribución cromática más suave. El resultado son unos cuadros que rechazan cualquier asociación con la objetividad. Son un homenaje a la autonomía de los colores. El abanico cromático se extiende desde el negro nocturno, pasando por el azul celeste de los horizontes mediterráneos hasta el rojo candente de las erupciones volcánicas. En el contexto de sus “Cartas”, Lichter habla del “arte puro”, que se ha liberado de las limitaciones materiales y que opera en lo “espiritual”. Su obra creativa estuvo dedicada durante la última década a una voluntad muy concreta: “Mantener abierto el portal hacia la vida espiritual.”

Completan esta exposición unas cuantas esculturas bajo la denominación “Capriccios”, realizadas en poliuretano, un material que en su superficie forma unas estructuras que, igual que en el caso de los cuadros, son fruto de la casualidad. Diferentes coloridos hacen que las superficies brillen en azules claros, en tonos terrosos de bronce o en un alegre violeta buganvilla. A diferencia de las “Cartas”, las esculturas, tal y como desea el artista, fomentan la inspiración del observador, remiten a bancos de coral, a agrietadas formaciones rocosas o a creaciones microcósmicas. De esta forma hacen honor a su nombre: “Capriccios”, un juego con color y forma, liberado de presiones normativas, costumbres visuales y limitaciones artísticas, surgido de casualidades afortunadas. En una palabra, Alfred Lichter permite que actúe la casualidad, consiguiendo de esta forma unos resultados inconfundibles.

Con motivo de la exposición se publica un catálogo de unas 80 páginas, abundantemente ilustrado.

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